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25 años del 11-S: los mexicanos que murieron en las Torres Gemelas y el país que casi no los nombra

A las 8:46 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la Torre Norte del World Trade Center. Diecisiete minutos después, el vuelo 175 impactó la Torre Sur. A las 9:37, otro avión golpeó el Pentágono. El cuarto, el vuelo 93, se estrelló en un campo de Pensilvania después de que los pasajeros intentaran recuperarlo.

Murieron 2,977 personas ese día. Otras seis ya habían muerto en el atentado de 1993 contra el mismo complejo. Este viernes, 25 años después, Estados Unidos volvió a leer los nombres uno por uno. Por primera vez guardó un séptimo minuto de silencio: no solo por quienes cayeron aquel martes, sino por los miles que han muerto después por el polvo tóxico de la Zona Cero.

Entre esos nombres hay cinco mexicanos plenamente identificados. Aparecen grabados en el memorial de Nueva York:

  Antonio Javier Álvarez, de Puebla. Parrillero.

  Antonio Meléndez, de Puebla. Cocinero.

  Leobardo López Pascual, de Puebla.

  Martín Morales Zempoaltécatl, de Tlaxcala. Asistente de cocina.

  Juan Ortega Campos, de Morelos. Repartidor.

Varios trabajaban en Windows on the World, el restaurante del piso 107 de la Torre Norte. Habían llegado a Nueva York a buscar trabajo. Esa mañana empezaron su turno y no salieron.

Hay al menos otros 11 mexicanos de los que se tuvo registro y que nunca fueron hallados entre los escombros: de Puebla, Jalisco, Oaxaca, Aguascalientes, Estado de México, Ciudad de México. Algunos familiares nunca recibieron reconocimiento oficial ni compensación. Solo cinco nombres quedaron inscritos en piedra.

México reaccionó tarde y tibio. Vicente Fox tardó días en pronunciarse con claridad. El acuerdo migratorio que se negociaba con George W. Bush se hundió. La prioridad de Washington pasó a ser la guerra contra el terrorismo. Los paisanos que murieron en Manhattan quedaron, en la práctica, como una nota al pie.

Hoy, en la Zona Cero, leyeron los 2,983 nombres. Estuvieron los cuatro expresidentes vivos y el vicepresidente JD Vance. Donald Trump conmemoró en el Pentágono. Las familias siguieron el ritual que no han abandonado en un cuarto de siglo.

Eso es lo que hace un país cuando decide que ciertos muertos no se archivan.

El 11-S no es solo historia ajena. Hay mexicanos en esa lista. Gente que cruzó para trabajar y terminó bajo toneladas de concreto y acero. 25 años después, en México casi nadie los nombra. No hay lectura pública de sus apellidos. No hay acto de Estado. Apenas notas que se repiten cada septiembre y se olvidan al día siguiente.

La memoria no es un discurso. Es un nombre leído en voz alta, año tras año, aunque duela. Estados Unidos lo sigue haciendo. México, con decenas de miles de muertos y desaparecidos propios, todavía no aprende esa lección.

Nunca olvidar no es una frase importada. Empieza por no dejar sin nombre a los que eran de aquí.


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